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LOS JUEGOS QUE JUGAMOS

  • cpftherapist
  • 8 jun 2021
  • 3 Min. de lectura

¿Cuántas veces hemos escuchado gente bien intencionada ofreciendo como consejo para salvar un matrimonio en problemas que un hijo es la solución? Que la alegría que trae un hijo a la relación “arregla todo”?

Sin embargo, un hijo que es traído al mundo como respuesta para una relación de pareja que no es feliz, está condenado desde su concepción, pues carga un peso demasiado pesado sobre sus pequeños hombros, peso que terminará aplastándolo.

La paternidad, con sus alegrías y sus satisfacciones, ayuda a desviar los problemas de la pareja a la par que llena el vacío de las personas que se sienten infelices en un matrimonio que no funciona pero en el que la comunicación no parece ser una opción.

Cuando esto sucede, entra en juego el poder. Quién triunfa y quién es derrotado. Juegos que, en su inicio parecen sin importancia, pero que en realidad, al usar al hijo como vía de comunicación, como premio al ganador, como campo donde se desarrolla la contienda, lo compromete, envolviéndolo en los problemas de sus progenitores. Los padres pelean a través del hijo. Quién es el mejor padre. Quién hace complicidad con el hijo y deja al otro fuera. Quién pone los límites mientras el otro los sabotea.

Irónicamente, en estos casos, el denominador común de ambos padres: su amor por el hijo, es el medio que se usa para vencer sobre el otro.

Cuando un niño es invitado por uno de sus padres a aliarse a éste en contra del otro padre, generalmente vemos que, sentimientos tales como los celos, la rivalidad y la competencia entre hermanos (que siempre están presentes), son tan encarnecidos, que no permite el desarrollo sano de una coalición entre estos.

Las únicas alianzas sanas son las que se dan entre miembros de una misma generación. Padres con padres, hermanos con hermanos, abuelos con abuelos.

En el progreso del ciclo vital, estos manejos se incrementan y, como una bola de nieve que cae desde lo alto de una montaña y en su bajar se convierte en alud, terminan causando una hecatombe.

Los problemas de la familia que no se enfrentan, se repiten de generación en generación, hasta que explotan, generalmente cuando los hijos alcanzan la adolescencia, y es tiempo de levantar las alas y volar.

El hijo, inconscientemente, puede vivir su anhelo de independencia como que va a ser el autor del rompimiento de la unión familiar. El hijo está atrapado manteniendo la relación disfuncional y sintiendo que de él/ella depende “salvar” el matrimonio y mantener a la familia intacta. Si ha de ofrecer a cambio su salud emocional, es un pequeño “sacrificio” a cambio de ser el salvador de la familia.

Generalmente no nos damos cuenta de los juegos que jugamos y en los que invariablemente involucramos a nuestros hijos. Siempre es más fácil atender las situaciones al principio que después, cuando todo está muy complicado.

Si nos damos cuenta de que nos encontramos una y otra vez tratando de competir por el amor y la preferencia de nuestro hijo, detengámonos a ver que está sucediéndonos como pareja.

Es natural que dos personas tengan diferentes maneras de pensar. Por lo general siempre habrá una más permisiva que otra. Lo que para uno es importante de pronto no lo sea para el otro. Sin embargo, frente a los hijos es importante mantener un frente en común.

Los desacuerdos hay que resolverlos a puertas cerradas, protegiendo a nuestros hijos de tener que escoger lealtades y permitiéndoles tener un padre y una madre que se respetan, que no los envuelven en sus diferencias, en sus desacuerdos.

Si nos damos cuenta que entre nuestra pareja y nosotros la comunicación no fluye, que nos escondemos detrás de nuestros hijos para no enfrentar nuestro descontecto o nuestra falta de comunicación, buscar ayuda puede ser la solución para un mejor desenlace.



Clara P Fleischer

 
 
 

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